Cuando la inclusión se queda en una etiqueta del menú

Desde hace años hay una reflexión que vuelve una y otra vez a mi cabeza. Y casi seguro que alguna vez la dejé caer en Instagram, pero nunca me había sentado a desarrollarla. Y ahora, pasado el mes del orgullo del 2026, creo que tiene menos sentido que nunca seguir ignorándola.

¿Por qué tantas tiendas eróticas, distribuidoras e incluso fabricantes siguen teniendo una categoría llamada «LGTBIQ+» o, directamente, «Productos para gays»?

Antes de entrar en materia, quiero dejar clara una cosa. Llevo casi diez años, si no los llevo ya, trabajando dentro de esta industria y tengo muy presente que , al final, hablamos de un sector empresarial como cualquier otro. No es una ONG ni un movimiento social. Está aquí porque genera beneficios, igual que cualquier otra industria. Puede sonar mucho más divertido ganar dinero fabricando y vendiendo productos destinados al placer que hacerlo vendiendo fruta o muebles, pero el objetivo sigue siendo exactamente el mismo: vender.

Esto no impide que, en los últimos años, el discurso del sector haya evolucionado. Hoy es habitual encontrar mensajes sobre educación sexual, diversidad, inclusión, cuerpos no normativos o placer sin etiquetas. Y, sinceramente, me parece una gran evolución positiva.

Sin embargo, cuando ese mismo discurso se traslada a la mayoría de las webs de tiendas, distribuidoras e incluso fábricas, empiezan a aparecer contradicciones.

Seguimos encontrando categorías como “producto para hombre” y “productos para mujer”, una clasificación que ya plantea preguntas si realmente queremos hablar de inclusión. Es cierto que parte de esa estructura responde a cómo buscan los usuarios en internet y a criterios de posicionamiento, algo que muchas webs difícilmente pueden ignorar. El SEO manda.

Pero hay una categoría que me genera todavía más dudas.

¿Cómo podemos justificar que, en 2026, muchas webs sigan teniendo un apartado llamado “LGTB” o directamente “Productos para gays”?

¿Una cuestión comercial?

La respuesta fácil sería pensar que todo responde a una cuestión de marketing. Desde hace años, el colectivo LGTBIQ+ se ha convertido en un público muy atractivo para multitud de industrias, también para la del bienestar sexual. Sin embargo, da la sensación de que, cuando hablamos de marketing, esas siglas no siempre representan a todo el colectivo por igual. En muchas ocasiones, la conversión, y los productos, parecen centrarse casi exclusivamente en hombres gays y, en menor medida, en mujeres lesbianas, mientras que el resto de realidades apenas tienen presencia.

Y basta con que llegue junio para comprobarlo. Las webs y las redes sociales se llenan de banderas arcoíris, las campañas cambian los colores y aparecen mensajes de apoyo por todas partes. Algunas iniciativas nacen de un compromiso real con la diversidad; otras, en cambio, simplemente se suben al carro de la diversidad durante treinta días. 

Pero incluso aceptando que exista un evidente interés comercial, eso sigue sin responder a mi pregunta.

¿Por qué una tienda online necesita una categoría llamada «LGTBIQ+”?

¿Tienen los juguetes orientación sexual o identidad de género?

Quizás antes de responder la pregunta que me trae aquí hoy, sería importante hacerse otra antes: ¿Tiene sentido categorizar los productos por géneros u orientación sexual?

Durante mucho años hemos entendido con total naturalidad que existen juguetes “para hombres” y juguetes “para mujeres”. Y en parte, tiene sentido. No todos los cuerpos son iguales y la mayoría de los productos están diseñados para estimular una parte de la anatomía concreta.

Pero una cosa es hablar de anatomía y otra muy distinta de género u orientación sexual. Un masturbador está diseñado para un pene. Da igual si pertenece a un hombre heterosexual, gay, bisexual, a una persona trans o a cualquier otra persona con pene.

Del mismo modo que un succionador está diseñado para estimular un clítoris, independientemente de la orientación sexual o de la identidad de género de quien lo utilice.

Un plug anal está diseñado para estimular una zona del cuerpo que compartimos prácticamente todas las personas. Llámalo ano, culo u «ojete» (sí, me encanta esa palabra), seguirá siendo exactamente la misma parte del cuerpo y no cambia según a quién ames, cómo te identifiques o cuál sea tu orientación sexual.

La orientación sexual y la identidad de género pertenecen a las personas. La anatomía pertenece al cuerpo. Los juguetes están diseñados para interactuar con esta última, independientemente de quién los utilice.

Y quizá ahí esté el verdadero problema. Llevamos años intentando romper etiquetas sobre cómo vivimos nuestra sexualidad y , sin embargo, seguimos empeñados en colocar esas mismas etiquetas a los productos que utilizamos para disfrutarla.

¿Cuándo sí tiene sentido una categoría LGTBIQ+?

Llegados a este punto, tengo que decir que, aun habiendo dicho todo lo anterior, no significa que me parezca mal la existencia de una categoría LGTBIQ+. De hecho, creo que puede tener mucho sentido.

Lo que cuestiono no es su existencia, sino el contenido que se puede encontrar en la gran mayoría de las webs.

Si una persona decide entrar en una sección llamada «LGTBIQ+», lo lógico es que encuentre productos, información y recursos pensados para responder a necesidades específicas del colectivo. Ahí es donde esa categoría realmente aporta valor.

Sin embargo, cuando lo único que encontramos son masturbadores para pene, plugs anales, grandes dildos o artículos BDSM que también aparecen repartidos por el resto de la tienda, la categoría deja de ser útil y acaba convirtiéndose en una simple etiqueta comercial.

Y, en algunos casos, incluso da la sensación de que sigue construyéndose sobre estereotipos que llevan décadas acompañando al colectivo gay: prácticas extremas, fisting, cuero, BDSM o juguetes de gran tamaño, como si esas preferencias definieran a todo un colectivo.

En cambio, sí tendría sentido reunir en ese espacio productos y contenidos como:

  • Productos específicamente diseñados para la interacción entre dos vaginas/vulvas o dos penes.
  • Packers y prótesis de afirmación de genero.
  • Lencería y accesorios específicamente diseñados para determinadas anatomías.
  • Recursos y productos orientados a personas trans.
  • Libros y material educativo sobre diversidad y salud sexual.
  • Guías de primeras experiencias.
  • Recomendaciones especificas según distintas necesidades del colectivo.

Es decir, una categoría que realmente ayudara a quien la visita a encontrar aquello que difícilmente encontraría navegando por el resto de la web.

Porque esto sí sería inclusión. No limitarse a cambiar el nombre de un apartado y llenarlo con los mismos productos de siempre.

Conclusión

Por tanto, está claro que el verdadero problema no es que exista una categoría LGTBIQ+.

El problema es que, en pleno 2026, todavía tengamos que explicar que un masturbador no es gay, que un succionador no es heterosexual y que un plug anal no entiende de orientación sexual.

Si la industria quiere presumir de inclusión, quizá el primer paso no sea cambiar el color del logotipo durante el mes de junio. Quizá sea empezar a organizar sus productos pensando en la anatomía, las necesidades y las experiencias de las personas, y no en las etiquetas que suponemos que las definen.

Porque la verdadera inclusión no consiste en crear un apartado con una bandera arcoíris. Consiste en que cualquier persona pueda encontrar el producto que necesita sin que una etiqueta decida por ella a quién va dirigido.

Quizá haya llegado el momento de dejar de clasificar los juguetes por la orientación sexual de quien creemos que los utilizará y empezar a clasificarlos por la anatomía para la que realmente están diseñados.


Los juguetes no tienen orientación sexual. Las personas sí.


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